La noche en la Sala Nazca de Madrid no fue una más dentro del calendario de conciertos. Fue una experiencia sensorial, intensa y completamente inmersiva. Dos bandas, dos formas de entender el directo, pero una misma idea: convertir el escenario en un mundo aparte. Erzsebeth y Leave’s Eyes ofrecieron una velada que será recordada por su teatralidad, su potencia musical y su capacidad de conectar con un público entregado desde el primer minuto.



A veces la música en directo no tiene por qué limitarse a una simple actuación encima de un escenario y cantar canciones. El concierto de la banda catalana Erzsebeth llevó su tiempo a un nivel superior, ofreciendo un espectáculo que combinó a la perfección la parte musical con la parte teatral. Una actuación donde, a través de la figura de la Condesa Erzsebeth Bathory, acompañados de las canciones de su último trabajo, “Six Hundred and Fifty”, conocimos parte de su leyenda macabra de crímenes motivados por su obsesión por perseguir la belleza eterna, sobrenombre por el que es conocida como la Condesa Sangrienta. En una oscuridad notable, con el humo invadiendo el escenario, con los acordes de su intro “Redemption of Evil”, observamos cómo los miembros de la banda —Angelus a la guitarra, Ngldogma al bajo, y Cerberus a la batería— dominaron musicalmente el escenario, sirviendo de preludio a la aparición de Erzsebeth, su cantante, en una labor interpretativa muy realista y bastante expresiva. Como si de un guión cinematográfico se tratara, cada una de las canciones “Wraiths Behind the Mirror”, “Lunar Liturgy” y “The Cage, the Torch and Corpses”, bajo toques de black metal melódico, fue la banda sonora que puso música a la acción de una historia, todo hay que decirlo, bastante bien ambientada.


Su cantante, poseída por el personaje de la Condesa, consiguió que el público se transportara a la Hungría de la época para ser fiel testigo de un macabro ritual, donde muchos de los que ocupábamos las primeras filas fuimos protagonistas del realismo de su interpretación. Todo ello acompañado de un paisaje musical donde cada sonido, cada canción, como “Where Fore” y “Spectral Cortege”, ayudaron a crear un ambiente que se hizo hipnótico, donde el público no podía apartar la mirada. Pero el setlist de Erzsebeth no solo se centró en su último trabajo. Para la parte final de su show, rescataron temas de su álbum “The Blasphemous Lady”, así que canciones como “Ördög’s Moon” y la homónima “The Blasphemous Lady” serían las encargadas de llevar a la apoteosis a una actuación que será recordada.


Tras esta intensa introducción a las tinieblas, marcada por la teatralidad sangrienta y sombría de Erzsebeth, fue el turno de Leave’s Eyes, que transformaron por completo la atmósfera en la Sala Nazca. Lo que antes era una escena digna de un castillo maldito del corazón de Hungría, pasó a convertirse en un puerto vikingo listo para zarpar hacia la gloria. Cambió la luz, cambió el ánimo del público, pero no la intensidad. En su lugar, se instauró una épica imponente, donde las melodías sinfónicas y las guitarras demoledoras se fundieron con una puesta en escena cuidada al milímetro. La banda germánica, liderada por la Alexander Krull, demostró una vez más por qué son una de las referencias dentro del metal sinfónico con temática mitológica. Su presencia escénica fue arrolladora. Elina, con su impecable técnica vocal y su figura elegante, equilibró a la perfección la potencia y la sensibilidad. A su lado, el incansable , Alexander Krull con sus rugidos guturales y su energía desbordante, ejercía de maestro de ceremonias, animando constantemente a un público que no dudó en responder con vítores y cuernos en alto.


El repertorio, sólido y equilibrado, ofreció una travesía a través de su discografía. Temas como “Chain of the Golden Horn”, con su pegajoso estribillo y ambientación de saga vikinga, hicieron que el público coreara al unísono. Le siguieron himnos como “Hell to the Heavens”, donde la batería marcó un ritmo marcial que hacía vibrar el suelo, y “Edge of Steel”, una auténtica declaración de intenciones que puso a la sala patas arriba. Cada canción era un relato en sí mismo, con sus propias batallas, héroes y paisajes helados. Más allá de la música, Leave’s Eyes supo cuidar el componente visual, banderas vikingas, recreaciones de batallas y una iluminación épica que acompañaba el crescendo de cada canción, construyeron un espectáculo redondo, envolvente y emocionante. Era imposible no dejarse llevar. El público, completamente entregado, se convirtió en una extensión de la banda: cantaban, levantaban los puños, saltaban y respondían a cada gesto de Krull como si fueran parte de su tripulación.


El contraste con la actuación anterior de Erzsebeth no pudo ser más acertado ni más efectivo. Si la banda catalana nos sumergió en un relato oscuro, psicológico y denso, Leave’s Eyes nos elevó con su propuesta heroica, luminosa y liberadora. Fue como pasar de un castillo en ruinas envuelto en niebla a una costa escandinava bañada por la aurora boreal. La transición entre ambas propuestas fue un acierto de programación, ya que permitió al público experimentar dos tipos de catarsis completamente distintas: una íntima y oscura; la otra colectiva y gloriosa. Ambas bandas ofrecieron mucho más que música: ofrecieron mundos completos, narrativas potentes y experiencias inmersivas. En una sola noche, Madrid fue escenario de un viaje entre lo tenebroso y lo épico, entre lo introspectivo y lo expansivo. La oscuridad teatral de Erzsebeth y la luz heroica de Leave’s Eyes convivieron y se complementaron, regalándonos una velada que difícilmente podrá repetirse. Fue una noche para recordar, donde la música no solo se escuchó: se vivió, se sintió… y se creyó.

